Las huellas de los dioses. Graham Hancock [Pdf & epub]




LA GRAN PIRÁMIDE

Hacía algún tiempo, había adquirido la costumbre de orientarme de acuerdo con los lados del monumento. La fachada septentrional estaba alineada, casi perfectamente, con el norte, la oriental con el este, la meridional con el sur y la occidental con el oeste. El promedio de error era tan sólo de tres minutos de arco (menos de dos minutos en la fachada meridional), una precisión increíble en el caso de un edificio de cualquier época, y una proeza inexplicable, casi sobrenatural, en el Egipto de hace cuatro mil quinientos años, cuando se supone que fue construida la Gran Pirámide. Un error de tres minutos de arco representa una desviación infinitesimal de un 0,015 % o menos. En opinión de unos ingenieros estructurales, con quienes había comentado los pormenores de la Gran Pirámide, la necesidad de tal precisión resultaba imposible de comprender. Desde su punto de vista, como constructores prácticos, los costes, el esfuerzo y el tiempo invertidos en lograr esa hazaña no quedaban justificados por los resultados aparentes: aunque la base del monumento presentara una desviación de dos o tres grados en sus alineaciones (un error de, por ejemplo, un uno por ciento), el ojo humano habría sido incapaz de apreciar esta minúscula diferencia. Por otro lado, la diferencia en la magnitud de las tareas requeridas a fin de alcanzar una precisión dentro del límite de tres minutos en lugar de tres grados habría sido inmensa.

Resultaba evidente, por tanto, que los antiguos maestros constructores que habían erigido la pirámide en los albores de la civilización humana debieron de tener poderosos motivos para desear que las alineaciones con las direcciones cardinales fueran correctas. Por otra parte, dado que habían alcanzado su objetivo con asombrosa precisión, debieron de ser unas gentes en extremo hábiles, inteligentes y competentes. Esta impresión quedaba confirmada por muchas de las características del monumento. Por ejemplo, sus lados a nivel de la base medían casi la misma longitud, demostrando un margen de error mucho menor de lo que se exige hoy día a los arquitectos modernos en la construcción de, pongamos por caso, un edificio de oficinas de tamaño medio. Pero esto no era un edificio de oficinas, era la Gran Pirámide de Egipto, una de las mayores estructuras construidas por el hombre y una de las más antiguas. Su lado norte mide 230,25 metros de anchura; su lado oeste mide 230,35 metros; su lado este mide 230,39 metros; su lado sur mide 230,45 metros. Esto significa que existe una diferencia de 20 centímetros entre su lado más corto y su lado más largo, lo que supone aproximadamente un uno por ciento en una longitud media de más de 23.036 centímetros en los lados del monumento.


De nuevo, yo sabía desde un punto de vista de ingeniería que las cifras desnudas no hacían justicia a la enorme precisión y destreza que se requerían para lograrlo. También sabía que los expertos no nos habían ofrecido todavía una explicación convincente sobre la forma en que los constructores de la pirámide habían conseguido mantener este elevado grado de precisión. Lo que me interesaba más, sin embargo, era el gran interrogante que planteaba otro tema: ¿Por qué se habían impuesto unos niveles tan altos de perfección? Si se hubieran permitido un margen de error de 0,5 % en lugar de menos de una décima parte de un uno por ciento, habrían podido simplificar su tarea sin una pérdida aparente de calidad. ¿Por qué no lo hicieron? ¿Por qué habían insistido en complicar las cosas? ¿Por qué, en suma, en un monumento de piedra «primitivo» que había sido construido hace más de cuatro mil quinientos años observábamos esta extraña obsesión por alcanzar unos niveles de precisión propios de la era de las máquinas?

Muy pocos edificios modernos, incluyendo las casas en las que habitamos, poseen unas esquinas formadas por unos perfectos ángulos rectos de noventa grados; lo corriente es un margen de error de uno o más grados. Desde el punto de vista estructural eso carece de importancia y nadie repara en estos errores minúsculos. En el caso de la Gran Pirámide, sin embargo, yo sabía que los maestros constructores habían descubierto el medio de reducir el margen de error hasta límites insignificantes. Así, aunque no llega a alcanzar los noventa grados perfectos, la esquina suroriental mide 89° 56' 27?, lo cual representa una precisión notable. La esquina nororiental mide 90° 3' 2?; la suroccidental 90° 0' 33?, y la noroccidental mide 89° 59' 58?, una desviación de dos segundos de grado.

Se trata, a todas luces, de una proeza extraordinaria, y, como todo lo que se refiere a la Gran Pirámide, resultaba extremadamente difícil de explicar. Estas técnicas de construcción tan precisas —tanto como puedan serlo hoy en día— sólo pudieron alcanzarse después de miles de años de desarrollo y experimentación. Sin embargo, no existen pruebas de que se hubiera producido un proceso de estas características en Egipto. La Gran Pirámide y sus vecinas en Gizeh habían surgido de un agujero negro en la historia de la arquitectura, tan profundo y ancho que ni su fondo ni su extremo opuesto habían sido identificados.


¿Ha trepado usted alguna vez por una pirámide, de noche, temiendo que lo arresten, con los nervios a flor de piel? Es una cosa sorprendentemente difícil de conseguir, sobre todo si se trata de la Gran Pirámide. Aunque su cima de casi 9,5 metros ya no está intacta, la actual plataforma que la corona todavía se alza a más de 137 metros del suelo. Consiste en doscientas tres hiladas de mampostería, cada una con una altura media de unos 68 centímetros. Los promedios no lo dicen todo, como comprendí en cuanto empezamos a escalar. Las hiladas tenían una profundidad desigual, algunas apenas llegaban al nivel de las rodillas mientras que otras casi me alcanzaban el pecho y representaban unos obstáculos tremendos. Al mismo tiempo los salientes horizontales entre cada peldaño eran muy estrechos, con frecuencia poco más anchos que mi pie, y muchos de los bloques de piedra caliza, que desde el suelo parecían muy sólidos, estaban partidos y se desmoronaban. Tras haber trepado por unas treinta hiladas de piedras, Santha y yo nos dimos cuenta del lío en el que nos habíamos metido. Nos dolían todos los músculos del cuerpo y teníamos las rodillas y los dedos tumefactos y llenos de rasguños, pero apenas habíamos avanzado una séptima parte del camino hasta la cima y todavía quedaban ciento setenta hiladas. Otra cosa que nos preocupaba era el vertiginoso vacío que se abría a nuestros pies. Al mirar hacia abajo y observar los quebrantados contornos que marcaban la línea del ángulo suroccidental, me impresionó comprobar lo mucho que habíamos avanzado y experimenté la inquietante sensación de lo fácil que sería que nos cayéramos, girando y rebotando en los enormes bloques de piedra, para acabar estrellándonos abajo. Alí permitió que hiciéramos una pausa de unos minutos para recuperar el resuello, pero enseguida nos indicó que debíamos proseguir la escalada. Utilizando el ángulo a modo de guía, Alí se adentró rápidamente en la oscuridad que se cernía sobre nosotros. No sin cierta aprensión, Santha y yo lo seguimos.


La trigesimoquinta hilada de piedras resultó muy difícil de salvar, pues estaba compuesta por unos gigantescos bloques, mucho más grandes que los anteriores (excepto los que hay en la base), cada uno de los cuales pesaba entre diez y quince toneladas. Esto contradecía la lógica de la ingeniería y el sentido común, que exigían una disminución progresiva en el tamaño y el peso de las piedras que debían ser transportadas hasta la cima a medida que la pirámide se alzaba hacia el cielo. Las hiladas comprendidas entre la primera y la dieciocho, las cuales disminuían de una altura de unos 140 centímetros a nivel del suelo a poco más de 58 centímetros en la hilada diecisiete, sí obedecían a esta regla. De pronto, al alcanzar la hilada diecinueve, los bloques se agrandaban de nuevo, midiendo casi 92 centímetros. Al mismo tiempo las otras dimensiones de los bloques también habían aumentado y su peso, de dos a seis toneladas durante las primeras dieciocho hiladas, lo cual suponía un volumen relativamente manejable, se había incrementado hasta alcanzar entre las diez y quince toneladas. Se trataba, por tanto, de unos enormes monolitos que habían sido tallados en piedra caliza e izados a más de 30 metros del suelo antes de colocarlos de forma impecable en su lugar. Pensé que los constructores de la pirámide debían de tener unos nervios de acero, la agilidad de una cabra montesa, la fuerza de un león y la seguridad de unos reparadores de campanarios perfectamente adiestrados. Mientras el frío viento matutino me azotaba las orejas y amenazaba con arrojarme al vacío, traté de imaginar la sensación que debían de experimentar esos hombres, subidos a esta peligrosa altura, alzando, manipulando e instalando una interminable hilera de inmensos monolitos de piedra caliza, el menor de los cuales tenía un peso que equivalía al de dos automóviles familiares modernos.


Es evidente que los constructores habían verificado la precisión del proyecto, y lo habían llevado a cabo perfectamente, pues la cúspide de la pirámide se alza exactamente sobre el centro de la base, sus ángulos y sus esquinas estaban centrados, cada bloque estaba instalado en su correspondiente lugar y cada hilada había sido dispuesta con una simetría casi matemática y una alineación casi perfecta con los puntos cardinales. Entonces, como para demostrar que estas impresionantes técnicas eran unas minucias, los antiguos maestros constructores se habían dedicado a desarrollar unos hábiles juegos matemáticos con las dimensiones del monumento, presentándonos, por ejemplo, tal como hemos visto en el capítulo 23, el uso correcto del número trascendental pi en la relación entre su altura y su perímetro de base. Asimismo, por alguna razón, habían decidido situar la Gran Pirámide casi exactamente sobre el paralelo 30 en la latitud 29° 58' 51?. Esto, tal como observó un antiguo astrónomo escocés, constituía «una sensible desviación de los 30o», pero no necesariamente por error:

Pues si el arquitecto hubiera pretendido que los hombres vieran con sus sentidos en lugar de con su imaginación, el polo del cielo desde los pies de la Gran Pirámide, con una altura ante ellos de 30°, habría tenido que contar con la refracción de la atmósfera, lo cual habría obligado a situar el edificio no a 30°, sino a 29° 58' 22?.