El imprescindible período democrático-burgués que conducirá irrevocablemente hacia la revolución social, vuelve a ser atajo para el fascismo



Una de mis últimas lecturas ha sido el genial libro escrito por un chaval llamado Owen Jones. El libro se titula "Chavs: la demonización de la clase obrera" (Descargar). Chavs podría traducirse al español como canis, chonis y demás calificativos asquerosamente despectivos perpetrados por parte de personas supuestamente cultas. En este libro, Owens desgrana todas y cada una de las mentiras que han perpetrado los gerifaltes para dividir a la sociedad en provecho propio. Eso de ser obrero y pobre, es una humillación, todos quieren ser de clase media, y si la suerte les sonríe, tampoco harían ascos a la hora de explotar a sus semejantes para ascender en la escala social económica. Los sindicatos solamente se ocupan de mejorar las condiciones de los que trabajan (aunque ya ni eso), sobre todo de los que están afiliados al propio; los parados no les rentan. El currante que más o menos tiene un trabajo fijo desprecia al parado de larga duración, le hace absolutamente culpable de su suerte, ya que él, siendo de un estrato social del mismo nivel, ha conseguido endeudarse para toda la vida con una hipoteca y tiene hijos rechonchos y felices... y educados en el mismo servilismo hacia los amos y en el desprecio hacia aquellos que no tuvieron suerte o condiciones más o menos óptimas para poder desarrollar todo su potencial humano. Recuerdo cuando algunos obreros de la construcción despreciaban a los mileuristas; "yo por 1000€ ni me levanto por la mañana", he llegado ha escuchar por oído propio. Ahora, ellos son mileuristas y desprecian a quienes cobran la ayuda familiar de poco más de 400€, parásitos de la beneficencia les llaman. El mundo cada día es más injusto porque impera la más absoluta de las inculturas y el respeto entre iguales ha trocado en ¡sálvese quien pueda!. Veamos un ejemplo que nos muestra Owens sobre como se defenestra a la clase obrera, la que se tiene que partir el pecho a diario para ganar dos duros, la clase que ha sido definitivamente apartada del banquete común.

<<Una parte exagerada de nuestra televisión consiste en una cháchara promocional de los estilos de vida, deseos y oportunidades únicas de los ricos y poderosos. Todo forma parte de la redefinición de la aspiración, al convencernos de que la vida consiste en subir por esa escalera, comprar un coche y una casa más grandes y darse la vida padre en algún paraíso tropical privado. La cuestión no es solo que eso hace que la gente corriente que ve esos programas se sienta inepta. A quienes no luchan por alcanzar esos sueños se les considera «faltos de aspiraciones» o, directamente, fracasados. Las esperanzas y sueños de la clase trabajadora, sus familias, sus comunidades, cómo se gana la vida, todo eso no existe para la televisión. Cuando aparece gente de clase trabajadora, normalmente es en forma de caricaturas inventadas por productores y cómicos ricos, de las que luego se apropian periodistas de clase media con fines políticos.

El odio a los chavs se ha colado incluso en la escena de la música popular. De los Beatles en adelante, los grupos de clase trabajadora dominaban antiguamente el rock y la música indie en particular: los Stone Roses, los Smiths, Happy Mondays y los Verve, por poner algunos ejemplos. Pero es difícil nombrar grupos destacados de clase trabajadora desde el apogeo de Oasis a mediados de los años noventa; los que ahora llevan la batuta son grupos de clase media como Coldplay o Keane. «Ha habido una deriva apreciable hacia los valores de clase media en el negocio de la música», dice Mark Chadwick, cantante del grupo de rock The Levellers. «Los grupos de clase trabajadora parecen ser pocos y dispersos». Por el contrario, abundan las imitaciones de clase media de caricaturas de la clase trabajadora, como el estilo mockney de artistas como Damon Albarn y Lily Allen. The Kaiser Chiefs se hicieron un nombre con el tipo de himno indie repetitivo que se presta a cantos etílicos en un club. No obstante, si se escuchan atentamente sus letras se descubrirá pura bilis de clase. Véase:  

«I Predict a Riot» (Predigo
disturbios): «Intento llegar al taxi. /
Un hombre en chándal me atacó. /
Dijo que él lo había visto antes. /
Quiere que las cosas se pongan un
poco sangrientas. / Las chicas
escarban desnudas / en busca de una
libra para un condón. / Si no fuera
por la grasa de las patatas fritas se
congelarían. / No son muy listas».

Las últimas líneas reproducen la caricatura de la indecorosa «zorrilla» chav. La clase trabajadora se ha convertido en objeto de burla, desaprobación y, sí, odio. Bienvenidos al mundo del entretenimiento británico de principios del siglo XXI.>>

Las doctrinas proféticas de Marx han resultado ser todo lo contrario de lo que aseveraba este Nostradamus del comunismo. Marx decía que para culminar con éxito la revolución proletaria se necesitaba pasar por un período democrático y burgués; de esta manera, el proletariado, al medrar económicamente y tener a su alcance la cultura que les negaban los regímenes totalitarios monárquicos o dictatoriales, se concienciaría de tal manera que el inevitable fruto de todo ello sería la dictadura del proletariado, de los productores sobre los explotadores. Resulta que tras 40 años de "democracia", el nivel adquisitivo (en términos de renta per cápita) y el acceso a la cultura está situado en cotas nunca antes conocidas en nuestra trágica historia. Pero ello no ha servido para hacernos más humanos, para alcanzar esa concordia que tanto grazna el Borbón de turno, más bien ha sido utilizada para dividir aún más a nuestro pueblo, para crear una clase media sin capacidad de empatía y manejada por los ricos de siempre, dejando en la estacada a un 1/3 de la población y culpándola a su vez de su propia suerte. En lugar de la inevitable revolución que seguiría a un período de bonanza económica y acceso a la cultura para la clase trabajadora, nos encontramos con que aquellos trabajadores que han mejorado sus condiciones de vida, reniegan ahora de su condición social y dicen ser de clase media, defenestrando a su vez a todo aquél que gane menos o no encuentre trabajo. En lugar de revolución nos encontramos con 4 años de fascismo gobernando con amplia mayoría en el Parlamento, una prórroga de otro añito más y dos elecciones en las que han sido el partido más votado, ampliando su cuota en las segundas elecciones.

Los fachas siempre juegan haciendo piña, incluso si sufren un cisma como el de C´s, siempre se pondrán de acuerdo en lo mollar. Tanto políticos, como militantes y votantes del fascio, tienen bien claro hacia donde van y no les importa nada más que seguir el camino trazado. Si aplaudieron durante 40 años los asesinatos del Cabronsísimo, ¿qué puede importarles el que los suyos metan la mano en la caja común? Sin embargo, entre las clases trabajadoras nunca existió tal consenso, y ello no debería ser algo malo, muy al contrario, el pensamiento único siempre conlleva a la muerte de la inteligencia; pero cuando se pierde la conciencia de clase, el descastado trabajador se convierte en un monigote manejado por sus amos.

Se da por descontado que los medianos y fachas odian a la clase obrera, pero no es extraño escuchar por boca de supuestos izquierdistas, sobre todo por parte de los comunistas, así como tampoco es raro encontrar ejemplos de esta misma iniquidad en las filas anarquistas, que los lúmpen (como se llama ahora a las capas sociales más desheredadas) son absolutamente responsables de la vida que llevan; pero ¿tuvieron en algún momento alguna mínima posibilidad de opción? Los barrios marginales deberían ser una vergüenza para todo aquel que se tilde de persona, pero sin embargo; son depósitos donde abandonar a su suerte a la parte de la sociedad que no puede sentarse a la mesa del banquete común, ya que si tenemos que repartir entre todos, los de arriba tendrían que moderar su dieta a base de mariscadas y jamón del güeno, y los medianos dejarían de tener a otros por debajo suyo para así creerse que son algo en la vida.

Así que, muy al contrario de lo que las divagaciones de Marx pronosticaron, el proletariado asalariado ha olvidado cuales son sus raíces y se ha convertido en un giñapo manejado por la burguesía inventora de las urnas, despreciando con igual saña que sus amos a los que  económicamente se encuentran por debajo de ellos; aunque muy superiormente situados con respecto a sus enmierdadas conciencias en cuanto a moral, humanidad y solidaridad se trata; por ello nunca votamos. Para redondear esta miserable iniquidad, se culpa al reincidente 30% de abstencionistas de entorpecer el proceso democrático, incluso algunos imbéciles (hasta con títulos universitarios ellos oigan) llegan a escupir que quien no vota no tiene derecho a opinar, dejando al descubierto la verdadera faz dictatorial de eso que llaman democracia. Los discípulos de Marx junto a los socialfascistas de toda la vida, vuelven a ser los legitimadores del fascismo en su intento de engañar al pueblo a través del timo democrático, su revolución es la de mandar sobre los demás, como cualquier otro partido burgués. El 30% de la población humillada, insultada y defesnetrada les importa a la chusma que se hace llamar de izquierdas y piden el voto tanto como les importa nuestra suerte a los herederos directos del franquismo. El imprescindible e inevitable período democrático-burgués que conducirá irrevocablemente hacia la revolución social, vuelve a ser el terreno abonado y cosechado por el fascismo.


La huelga de los electores. Octave Mirbeau


Una cosa que me asombra prodigiosamente —me atrevería a decir que estoy estupefacto— es que en el momento científico en que estoy escribiendo, tras las innumerables experiencias y los escándalos periodísticos, pueda todavía existir en nuestra querida Francia (como dicen en la Comisión presupuestaria) un elector, un solo elector, ese animal irracional, inorgánico, alucinante, que consienta abandonar sus negocios, sus ilusiones o sus placeres, para votar a favor de alguien o de algo. Si se piensa un solo momento, ¿no está ese sorprendente fenómeno hecho para despistar a los filósofos más sutiles y confundir la razón?

¿Dónde está ese Balzac que nos ofrezca la psicología del elector moderno? ¿Y el Charcot que nos explique la anatomía y mentalidades de ese demente incurable? Lo estamos esperando. Comprendo que un estafador encuentre siempre accionista, que la Censura encuentre defensores, la ópera cómica a su público, el Constitucional a sus abonados, el señor Carnot a pintores que celebren su triunfal y rígida entrada en una ciudad languedociana; comprendo también que Chantavoine se empeñe en buscar rimas; lo comprendo todo. Pero que un diputado, o un senador, o un presidente de la República, o el que sea, entre todos los farsantes que reclaman una función electiva, cualquiera que sea, encuentre a un elector, es decir, a un ser fantástico, al mártir improbable que os alimenta con su pan, os viste con su lana, os engorda con su carne, os enriquece con su dinero, con la sola perspectiva de recibir, a cambio de esas prodigalidades, golpes en la cabeza o patadas en el culo, cuando no son golpes de fusil en el pecho, verdaderamente, todo eso supera las nociones, ya muy pesimistas, que tengo sobre la estupidez humana en general, y la estupidez francesa en particular, nuestra querida e inmortal estupidez.

Está claro que hablo en este caso del elector avisado, convencido, del elector teórico, del que se imagina, pobre diablo, que actúa como un ciudadano libre, expresando su soberanía, sus opiniones, o imponiendo —locura admirable y desconcertante— programas políticos y reivindicaciones sociales; no me refiero pues al elector «que se las sabe» y que se burla, al que ve en «los resultados de su omnipotencia» nada más que una burla a la charcutería monárquica, o una francachela al vino republicano. Su soberanía consiste en emborracharse a costa del sufragio universal. Él conoce la verdad, porque sólo a él le importa, y se despreocupa del resto. Sabe lo que se hace. Pero ¿y los demás? ¡Ah, sí! ¡Los demás! Los serios, los austeros, el pueblo soberano, los que sienten una embriaguez al mirarse y decirse:

«¡Soy elector! Todo se hace por mí. Yo soy la base de la sociedad moderna. Por mi propia voluntad, Floquet hace las leyes a las que se ciñen treinta y seis millones de hombres, y Baudry d'Asson también, y Pierre Alype igualmente». 

¿Cómo hay todavía gente de esta calaña? ¿Cómo, tan orgullosos, cabezotas y paradójicos como son, no se han sentido, después de tanto tiempo, descorazonados y avergonzados de su obra? ¿Cómo puede ser que exista en cualquier parte, incluso en el fondo de las landas más perdidas de Bretaña, o en las inaccesibles cavernas de Cévennes y de los Pirineos, un bonachón tan tonto, tan poco razonable, tan ciego ante lo que ve y tan sordo ante lo que se dice, que vote azul, blanco o rojo, sin que nadie le obligue, sin que nadie le haya pagado o le haya emborrachado? ¿A qué barroco sentimiento, a qué misteriosa sugestión puede obedecer ese bípedo pensante, dotado de una voluntad, orgulloso de su derecho, seguro de cumplir con un deber, cuando deposita en una urna electoral cualquiera una papeleta cualquiera, igual da el nombre que lleve escrito en ella? ¿Qué se dirá a sí mismo, para sí, que justifique o simplemente explique ese acto tan extravagante? ¿Qué es lo que espera? Porque, en fin, para consentir que se le entregue a dueños tan ávidos, que le engañan y golpean, será necesario que se le diga y que espere algo extraordinario que nosotros no nos imaginamos. Será necesario que, gracias a poderosos desvíos cerebrales, las ideas del diputado se traduzcan en él como ideas de ciencia, de justicia, de entrega, de trabajo y de probidad; será necesario que en los nombres de Barbe y Baïhaut, no menos que en los de Rouvier y Wilson, descubra una magia especial y que vea, a través de un espejismo, florecer y expandirse en Vergoin y en Hubbard promesas de felicidad futura y de consuelo inmediato. 

Y esto es lo verdaderamente horrible. Nada le sirve de lección, ni las comedias más burlescas, ni las más siniestras tragedias. Sin embargo, por muchos siglos que dure el mundo y que se desarrollen y sucedan las sociedades, iguales unas a otras, un hecho único domina todas las historias: la protección de los grandes y el aplastamiento de los pequeños. No puede llegar a comprender que hay una razón de ser histórica, la de pagar por un montón de cosas de las que no disfrutará jamás, y morir por unas combinaciones políticas que no le atañen en absoluto. ¿Qué importa que sea Pedro o Juan el que le pida el dinero o la vida, si está obligado a desprenderse de uno y entregar la otra? ¡Pues, vaya! Entre sus ladrones y sus verdugos, él tiene sus preferencias, y vota a los más rapaces y feroces. Ha votado ayer y votará mañana y siempre. Los corderos van al matadero. No se dicen nada ni esperan nada. Pero al menos no votan por el matarife que los sacrificará ni por el burgués que se los comerá. Más bestia que las bestias, más cordero que los corderos, el elector designa a su matarife y elige a su burgués. Ha hecho revoluciones para conquistar ese derecho.

Oh, buen elector, incomprensible imbécil, pobre desgraciado, si en lugar de dejarte engañar por las cantinelas absurdas que te cantan cada mañana, a cambio de un céntimo, los periódicos grandes o pequeños, azules o negros, blancos o rojos, pagados para conseguir tu pellejo; si en lugar de creer en esos quiméricos halagos que acarician tu vanidad, que rodean tu lamentable soberanía andrajosa; si en lugar de pararte, papanatas, ante las burdas engañifas de los programas; si leyeras alguna vez al amor de la lumbre a Schopenhauer y a Max Nordau, dos filósofos que saben mucho sobre tus dueños y sobre ti, puede que aprendieras cosas asombrosas y útiles. Puede ser también que, después de haberlos leído, te vieras menos obligado a adoptar ese aire grave y esa elegante levita para correr hacia las urnas homicidas en las que, metas el nombre que metas, estás dando el nombre de tu más mortal enemigo. Los filósofos te dirían, como buenos conocedores de la humanidad, que la política es una mentira abominable, que todo va contra el buen sentido, contra la justicia y el derecho, y que tú no tienes nada que ver, pues tus cuentas ya están ajustadas en el gran libro de los destinos humanos. Sueña después de esto, si así lo deseas, con paraísos de luces y perfumes, con fraternidades imposibles, con felicidades irreales. Es bueno soñar, y calma el sufrimiento. Pero no mezcles nunca al hombre en tus sueños, porque allí donde está el hombre está el dolor, el odio y la muerte. Sobre todo, acuérdate de que el hombre que solicita tu voto es, por ese hecho, un hombre deshonesto, porque a cambio de la situación y la fortuna a la que tú lo lanzas, él te promete un montón de cosas maravillosas que no te dará y que, por otra parte, tampoco podría darte. El hombre al que tu elevas no representa ni a tu miseria, ni tus aspiraciones, ni a nada tuyo; no representa más que a sus propias pasiones y sus propios intereses, que son contrarios a los tuyos. Para reconfortarte y animarte con esperanzas que pronto se verán defraudadas, no vayas a imaginarte que el espectáculo desolador al que asistes hoy día es propio de una época o de un régimen, y que todo pasará. Todas las épocas y todos los regímenes son equiparables, es decir, que no valen nada. Así que, vuelve a tu casa, buen hombre, y ponte en huelga contra el sufragio universal.

No tienes nada que perder, te lo digo yo; y eso podrá divertirte por algún tiempo. En el umbral de tu puerta, cerrada a los solicitantes de limosnas políticas, verás desfilar a la muchedumbre, mientras te fumas tranquilamente una pipa. Y si existiera, en algún lugar desconocido, un hombre honrado capaz de gobernarte y amarte, no lo eches en falta. Sería demasiado celoso de su dignidad como para enfangarse en una lucha de partidos, demasiado orgulloso para recibir cualquier orden de ti si no la diriges a la audacia cínica, el insulto y la mentira.

Ya te lo he dicho, buen hombre, vete a casa y ponte en huelga.

Publicado en Le Figaro, 28 de noviembre de 1888.

Murray Bookchin. ¡Escucha, marxista! (El mito del partido)


No son los partidos, grupos y cuadros quienes realizan las revoluciones sociales: éstas ocurren como resultado de fuerzas históricas profundamente asentadas, y contradicciones que movilizan a grandes sectores de la población. No sobrevienen sólo porque las «masas» encuentran intolerable a la sociedad existente (como decía Trotsky) sino también a causa de la tensión entre lo real y lo posible, entre lo que es y lo que podría ser. La miseria más abyecta no produce revoluciones, por sí sola; más bien suele engendrar una profunda desmoralización, o, peor aún, una lucha personal por la supervivencia. La Revolución Rusa de 1917 pesa sobre la conciencia de sus supervivientes como una pesadilla porque fue, básicamente, el producto de una «situación intolerable», de una devastadora guerra imperialista. Todos sus sueños fueron virtualmente destruidos por una guerra civil aún más sangrienta, por el hambre y la traición. Lo que resultó de la revolución no fueron las ruinas de la vieja sociedad sino las de todas las esperanzas de construir una nueva sociedad. La Revolución Rusa fracasó penosamente; reemplazó el zarismo por el capitalismo de Estado. Los bolcheviques fueron trágicas víctimas de su propia ideología y pagaron con sus vidas, en gran número, a lo largo de las purgas de los años treinta. Es ridículo pretender extraer de esta revolución en la escasez las normas de una sabiduría única. Lo que podemos aprender de las revoluciones del pasado es lo que todas las revoluciones tienen en común, y sus profundas limitaciones en comparación con las enormes posibilidades que actualmente se nos presentan.

La característica más llamativa de las revoluciones conocidas radica en lo espontáneo de sus comienzos. Si examinamos la fase inicial de la Revolución Francesa de 1789, las de 1848, la Comuna de París, la Revolución de 1905 en Rusia, el derrocamiento del zar en 1917, la revolución húngara de 1956 o la huelga general de 1968 en Francia, observaremos que, en términos generales, todos estos fenómenos comenzaron del mismo modo: un período de fermentación culminando, espontáneamente, con un alzamiento de las masas. El éxito o fracaso de este alzamiento depende de su decisión y de que las tropas carguen —o no— contra el pueblo. El «glorioso partido», cuando existe, marcha casi invariablemente a la zaga de los acontecimientos. En febrero de 1917, la organización bolchevique de Petrogrado se opuso a las huelgas, precisamente en vísperas de la revolución que acabaría por derrocar a los zares. Afortunadamente, los obreros ignoraron las «directivas» bolcheviques y fueron a la huelga. Durante los hechos que siguieron, nadie se vio más sorprendido por la revolución que los partidos «revolucionarios», bolcheviques incluidos. Este es un hecho que Trotsky jamás comprendió, por no desarrollar hasta sus últimas consecuencias su propio concepto de “desarrollo combinado”. Trotsky estimó correctamente que la Rusia de los zares, rezagada en el desarrollo burgués europeo, elaboraría aceleradamente las etapas más avanzadas del capitalismo industrial, sin reconstruir el proceso desde el principio. Hipnotizado por la ecuación “propiedad nacionalizada = socialismo”. Trotsky no comprendió que el capitalismo monopolista tendía a amalgamarse con el Estado, y que lo que se instauraba en Rusia era esta nueva forma del capitalismo. Eliminadas las estructuras burguesas tradicionales, el stalinismo preparó un “puro” capitalismo de Estado, una contrarrevolución que reconstruyó las formas mercantiles en un nivel industrial superior. El Estado se convirtió en clase dominante.

Recuerda el dirigente bolchevique Kayurov: «No hubo, absolutamente, iniciativas directrices del partido… el comité de Petrogrado había sido arrestado, y el representante del Comité Central, camarada Shliapnikov, no estaba en condiciones de emitir directivas para el día siguiente». Tal vez fue un hecho afortunado. Antes del arresto del comité de Petrogrado, su evaluación de la situación y de su propio papel había sido tan débil que, si los obreros hubieran seguido sus indicaciones, es probable que la revolución no hubiera estallado en aquel momento. Cosas parecidas pueden decirse de los alzamientos que precedieron al de 1917, y de los que le siguieron, por ejemplo la huelga general, de mayo y junio de 1968, en Francia, para citar sólo el caso más reciente. Existe una tendencia a olvidar convenientemente el hecho de que había cerca de una docena de organizaciones de tipo bolchevique, «estrechamente centralizadas», en París, por aquellos días. Rara vez se menciona que prácticamente todos estos grupos de «vanguardia» desdeñaron la movilización estudiantil hasta el 7 de mayo, cuando la lucha callejera adquirió sus contornos más agudos. La trotskista Jeunesse Communiste Révolutionnaire fue una notable excepción, y se limitó a acompañar el proceso, siguiendo básicamente las iniciativas del Movimiento 22 de Marzo. Antes del 7 de mayo, todos los grupos maoístas criticaban al alzamiento estudiantil, calificándolo de periférico e insignificante; la también trotskista Fédération des Etudiants Révolutionnaires lo consideraba «aventurero» y trató de que los estudiantes abandonaran las barricadas, el 10 de mayo; el Partido Comunista jugó, como es natural, un papel totalmente traidor. Lejos de conducir el movimiento popular, los maoístas y trotskistas fueron sus cautivos. La mayor parte de estos grupos bolcheviques utilizó desvergonzadas técnicas manipuladoras durante la asamblea estudiantil de la Sorbona para tratar de «controlarla», creando una atmósfera tensa que desmoralizó a todo el cuerpo. Finalmente, para completar esta ironía, todos los grupos bolcheviques rompieron a parlotear sobre la necesidad de una «vanguardia centralizada» ante el colapso del movimiento popular, que había surgido a pesar de sus directivas y, a menudo, contrariándolas.

Las revoluciones y los alzamientos dignos de mención no sólo tienen una fase inicial magníficamente anárquica, sino que también tienden a crear sus propias modalidades de autogobierno revolucionario. Las secciones parisinas de 1793-94 fueron las formas de autogobierno más notables de todas las revoluciones sociales de la historia. Los consejos o «soviets» instaurados por los obreros de Petrogrado en 1905 eran formalmente más convencionales. Aunque menos democráticos que las secciones, estos consejos habrían de reaparecer en muchas revoluciones posteriores. A esta altura debiéramos preguntarnos cuál es el rol que juega el partido «revolucionario» en todos estos movimientos. Al principio, como acabamos de ver, tiende a servir una función inhibitoria y no a ocupar la «vanguardia». Allí donde ejerce alguna influencia, tiende a desacelerar el rumbo de los acontecimientos, y no a «coordinar» las fuerzas revolucionarias. Esto no es accidental. El partido está estructurado conforme a líneas jerárquicas que reflejan a la misma sociedad, que se pretende combatir. A pesar de sus pretensiones teóricas, es un organismo burgués, un Estado en miniatura con un aparato y unos cuadros cuya función es tomar el poder, y no disolverlo. Arraigado en el período prerrevolucionario, asimila todas las formas, técnicas y mecanismos mentales de la burocracia. Sus miembros son adoctrinados en la obediencia y los prejuicios de un dogma rígido, y se les enseña a reverenciar a la autoridad de los líderes. El dirigente del partido, a su vez, recibe una formación compuesta de hábitos que están asociados al comando, la autoridad, la manipulación y la egomanía. Esta situación se agrava cuando el partido interviene en elecciones parlamentarias. Durante las campañas electorales, el partido de vanguardia se amolda totalmente a las formas burguesas convencionales y adquiere, incluso, la parafernalia de los partidos electorales. La situación cobra dimensiones auténticamente críticas cuando el partido recurre a la gran prensa, a costosos locales, a cadenas periodísticas controladas y desarrolla un «aparato» profesional; una burocracia, en una palabra, con velados intereses materiales.

Con la expansión del partido, aumenta invariablemente la distancia entre los dirigentes y las bases. Sus líderes, convertidos en «personalidades», pierden contacto con las condiciones de vida de la masa. Los grupos locales, que conocen mejor su propia situación que cualquier líder remoto, son obligados a subordinar sus puntos de vista a las directivas emanadas de lo alto. La dirección, a falta de todo conocimiento directo de los problemas locales, actúa con prudencia y moderación. Aunque suelen aducirse justificaciones a base de una «visión más amplia» y de una mayor «competencia teórica», la idoneidad de los dirigentes tiende a disminuir a medida que asciende la jerarquía del comando. Cuanto más nos aproximarnos al nivel donde se formulan las decisiones concretas, tanto más conservador es el proceso de elaboración de las decisiones, tanto más burocráticos y exteriores los factores en juego, tanto más reemplazan el prestigio y la antigüedad a la creatividad, la imaginación y la entrega desinteresada a los objetivos revolucionarios. El partido pierde eficacia, desde un punto de vista revolucionario, cuando la busca a través de la jerarquía, los cuadros y la centralización. Aunque todo y todos están en su lugar, las órdenes suelen resultar erróneas, especialmente cuando los acontecimientos se desarrollan con rapidez y tornan cursos inesperados, como ocurre en todas las revoluciones. El partido sólo es eficiente en la tarea de amoldar la sociedad a su propia imagen jerárquica, cuando triunfa la revolución. Regenera la burocracia, la centralización y el Estado. Redobla la burocracia, la centralización y el Estado. Ampara las condiciones sociales creadas por este tipo de sociedad. En lugar de «suprimirlas», el Estado controlado por el «glorioso partido» preserva las condiciones que hacen «necesaria» la existencia del Estado, y la de un partido que lo «guarde».

Por otro lado, este tipo de partido es extremadamente vulnerable durante los períodos de represión. La burguesía no tiene más que echar mano a sus dirigentes para inmovilizar a todo el movimiento. Con sus líderes presos u ocultos, el partido se paraliza; los disciplinados militantes no tienen a quién obedecer y tienden a disgregarse. Cunde la desmoralización. El partido se descompone no sólo debido a la atmósfera represiva sino también a su indigencia en materia de recursos internos. La descripción que acabo de reseñar no es una serie de inferencias hipotéticas sino un esbozo compuesto por las características de todos los partidos marxistas de masas del último siglo: los socialdemócratas, los comunistas y el partido trotskista de Ceylán, que es el único de masas en su tipo. Pretender que estos partidos fracasaron porque no tomaron en serio sus principios marxistas equivale a soslayar otra pregunta: ¿A qué se debió, en principio, esta incapacidad? El hecho es que estos partidos fueron asimilados por la sociedad burguesa porque estaban estructurados según lineamientos burgueses. El germen de la traición estaba en ellos desde su nacimiento.

Fuente: Recuperado el 22 de octubre de 2015 desde colección de anarquismoenpdf.tumblr.com

Notas: Publicado originalmente como Listen, Marxist!. Extraido de la segunda edición del libro El anarquismo en la sociedad de consumo (Post-Scarcity Anarchism), editado por Editorial Kairós. Traducción de Rolando Hanglin.



La verdadera solución no está en la democracia ni está en la dictadura. (Editorial de Tierra y Libertad 31-1-1936)



LOS TRABAJADORES QUE SE APARTAN DE SU CAMINO

Si la figura retórica pudiese transformarse en realidad, se vería que hablamos con el corazón en la mano, y que no abrigamos absolutamente ningún rencor contra los trabajadores que, movidos por sus creencias, van a misa todos los domingos o concurren a las urnas cuando se trata de elegir diputados, concejales o presidentes de la República. Los creemos equivocados, pero son, sin embargo, nuestros hermanos, y nuestra misión consiste en persuadirles de la esterilidad y de la nocividad de sus creencias; para ello no es el mejor argumento el del lenguaje hostil y el de la actitud insolidaria.

El hecho de no poder ir a misa, porque nos repugna, ni acudir a las urnas, porque lo estimamos perfectamente inútil, no debe romper los lazos de solidaridad proletaria, del respeto y de la ayuda mutuos. Antes y después de ir a misa antes y después de ir a votar, los esclavos del capitalismo y del estatismo siguen siendo esclavos y víctimas, y nuestro pueblo está a su lado, para la ayuda fraterna en todas sus reivindicaciones justicieras. Que no se diga nunca que los anarquistas consideran a los trabajadores de tendencias moderadas, e incluso reacios por ceguera mental, como adversarios y enemigos, sino como hermanos y amigos que han extraviado el camino y que buscan su bienestar y su libertad por senderos que la historia ha evidenciado erróneos. Hay que emplear todos los medios de la persuasión, del razonamiento, de la camaradería, desde los lugares de trabajo, para que los que nos temen o no nos comprenden o nos odian incitados por sus malos pastores, sepan que pueden contar en todo instante con nosotros para afirmar su derecho a vivir y para mejorar su situación. Y para que sepan también que por encima de las creencias, de las rutinas del espíritu, debe flotar el hálito de la solidaridad de los oprimidos y explotados contra los dominadores y los opresores.

ALGUNAS PALABRAS SOBRE LA EVOLUCIÓN POLÍTICA

Desde que el hombre existe, existen las dos tendencias a través de las cuales puede interpretarse la historia humana: la de la libertad y la de la autoridad. Es la lucha entre ambos extremos lo que ha movido al mundo. Los privilegiados, los sacerdotes, los guerreros, han pugnado siempre por la autoridad, por la explotación y la dominación del hombre por el hombre. Las víctimas de esa condición han querido, por la palabra o por la acción, al menos de las minorías rebeldes, disidentes, opositoras, de todos los tiempos, la justicia, el bienestar de todos, la libertad. Esa contienda ha durado muchos siglos y está en pie todavía, y de ella representamos los anarquistas, y con los anarquistas el proletariado revolucionario, en esta hora, uno de los sectores beligerantes. El hecho de haber triunfado los amos, que han tenido de su parte las creencias generalizadas en dios, fuerzas militares y policiales mejor organizadas, la inteligencia superior de sabios, técnicos, etc..., no quiere decir que tengan más razón, sino que han sabido defenderse y atacar con más habilidad que sus adversarios.

Los oprimidos, las víctimas del privilegio y de la tiranía, sumidos sistemáticamente en la ignorancia, han buscado variamente su bienestar y su libertad por caminos erróneos, y ahí están las luchas de siglos y siglos tras el estandarte de las religiones; ahí están las experiencias de las heróicas contiendas tras la bandera de los partidos políticos, con demoninaciones distintas, pero idénticos todos en los medios y en los procedimientos. Se ha avanzado un poco en el camino del progreso social y cultural, y el contraste entre el gran desarrollo técnico y el escaso desarrollo social y de la cultura de las grandes masas no es uno de los menores factores de esa crisis mundial en que vivimos hace tres largos lustros.

Lo mismo que antes, cuando los pueblos se enrolaban de grado o por fuerza en los ejércitos de los reyes o de los Estados políticorreligiosos, pues ha sido muy común en la antigüedad la confusión en una misma persona de la dominación política y religiosa; lo mismo que antes los pueblos se degollaban recíprocamente por la fe de Cristo o por la fe de Mahoma, por las doctrinas de Lutero o por las del catolicismo, así más tarde se han derramado ríos de sangre en torno a tirios y troyanos, a conservadores y a progresistas, a monárquicos absolutistas y monárquicos constitucionales, a monárquicos o a republicanos, etc., etc. 

¿Qué resultado se ha obtenido? No podemos constatar ningún otro que el del remachamiento cada día más insoportable de las cadenas de la dominación estatal, en cuyos altares va dejando la humanidad jirones de su libertad y de su dignidad hasta el sacrificio absoluto con el fascismo moderno.

DEMOCRACIA Y DICTADURA

Se plantea una vez más como un dilema, la elección entre democracia o dictadura. Y lo mismo que se ha hecho creer un día que la República era la encarnación de la justicia social, así se hace creer hoy al pueblo laborioso, que no puede advertir siempre dónde está la verdad y dónde la mixtificación, que la democracia y la dictadura son términos antitéticos, diametralmente opuestos. ¡Ojalá fuese así! Aun cuando nosotros, desearíamos el triunfo de nuestras ideas, no nos repugnaría que en nombre de cualquier otra doctrina, de cualquier otro movimiento, se opusiesen trabas al desarrollo de la política dictatorial del Estado moderno y se obtuvieran conquistas efectivas de liberación y de justicia para las grandes masas. Pero democracia y dictadura no son términos opuestos, sino idénticos. El hecho de la conservación o no conservación del parlamento no significa sino un matiz ínfimo en la forma de dictadura. Tanto la democracia como la dictadura del fascismo significan la negación del hombre, su humillación forzosa ante una divinidad superior, que es el Estado, como antes había de humillarse y desaparecer ante un ídolo declarado nacional o local.

Existió en el  siglo XIX una corriente liberal, que tuvo en España misma, pero sobre todo en Inglaterra, en Estados Unidos y en algunos otros países, hermosas manifestaciones. Esa corriente liberal de que Spencer, por ejemplo, ha sido un definidor, reconocía un Estado-mínimo como necesario, y propiciaba un cercenamiento de las atribuciones gubernamentales y un mayor respeto a la personalidad humana. Es verdad, esa corriente era contradictoria y ha resultado en la práctica totalmente infecunda. No ha impedido que el Estado creciese en todos sus ramales hasta ser lo que es hoy, hasta absorber la parte mejor del fruto del trabajo ajeno. Pero por lo menos, en teoría siquiera, reconocía que el Estado era un mal, un mal necesario.

La democracia, en cambio, ha propiciado desde su nacimiento el estatismo, la anulación del individuo ante una nueva abstracción: la colectividad. el Estado democrático. Por encima del hombre y de sus derechos está el Estado, como antes estaba dios. Y así como en las épocas de predominio religioso dios lo era todo y el hombre nada, con la democracia o con el fascismo el Estado lo es todo y el hombre nada.

¡Allá con sus ilusiones los que creen que la anulación es preferible ante el ídolo democrático que ante el ídolo fascista! Tal vez cabe la elección, como cuando en Estonia la ley ofrece al condenado a muerte el cadalso o el veneno. Pero indudablemente, en un caso y en otro, el resultado es el mismo.

LA SOLUCIÓN ESTÁ EN LOS TRABAJADORES

No es fuera del mundo del trabajo, ni en las altas esferas de la dirección teológica, ni en las de la dirección política estatal donde está la solución a los problemas vitales de la hora presente, sino en él mismo. Si los trabajadores quieren ser libres, conocer la justicia social, disfrutar del producto de su trabajo, han de resolverse a reivindicarse por sí mismos y para sí mismos lo que, en nombre de diversas ficciones, se les usurpa por clases parasitarias diversas.

¡Que los trabajadores se entiendan en sus lugares de trabajo, que tomen la producción en sus manos y no consientan que en nombre de dios, o en nombre del diablo, en nombre de la monarquía o en nombre de la república, en nombre de la democracia o en nombre del fascismo se les arranque lo que les pertenece. Todo lo demás es cuestión de arreglo, de tolerancia, de seguir cada cual sus predicciones. Lo que importa es que los productores tengan derecho al producto íntegro de su trabajo y luego ya se verá el resto cómo se arregla.

¡Hermanos explotados!, es en vosotros mismos donde está la solución. Relexionad un momento y poneos de acuerdo, en tanto que productores, sobre lo que os conviene. No sacrifiquéis jamás vuestra personalidad y no dejéis en manos ajenas lo que sólo en las vuestras está seguro. Lo habéis creado todo, con vuestros músculos o con vuestra inteligencia; ¿no es hora ya de que reclaméis el patrimonio que os corresponde como legítimos dueños de él que sois?

Los anarquistas, que no quieren mandar y no quieren tampoco obedecer, que no aspiran a ser vuestros amos ni vuestros tiranos, estarán a vuestro lado, ayudándoos como hermanos a hermanos, como iguales a iguales.

No sois nada, pero podéis serlo todo. ¡Decidíos!

Chavs: la demonización de la clase obrera. Owen Jones [Pdf & epub]



En la Gran Bretaña actual, la clase trabajadora se ha convertido en objeto de miedo y escarnio. Desde la Vicky Pollard de Little Britain a la demonización de Jade Goody, los medios de comunicación y los políticos desechan por irresponsable, delincuente e ignorante a un vasto y desfavorecido sector de la sociedad cuyos miembros se han estereotipado en una sola palabra cargada de odio: chavs. En este aclamado estudio, Owen Jones analiza cómo la clase trabajadora ha pasado de ser «la sal de la tierra» a la «escoria de la tierra».

Owen Jones
Owen Jones, desvelando la ignorancia y el prejuicio que están en el centro de la caricatura chav, retrata una realidad mucho más compleja: el estereotipo chav, dice, es utilizado por los gobiernos como pantalla para evitar comprometerse de verdad con los problemas sociales y económicos y justificar el aumento de la desigualdad. Basado en una investigación exhaustiva y original, este libro es una crítica irrefutable de los medios de comunicación y de la clase dirigente, y un retrato esclarecedor e inquietante de la desigualdad y el odio de clases en la Gran Bretaña actual.

Los hay que defienden el uso de la palabra chav y afirman que, en realidad, la clase trabajadora no está demonizada en absoluto; chav se usa simplemente para designar a gamberros antisociales y a pandilleros. Esto es cuestionable. Para empezar, las víctimas son exclusivamente de clase trabajadora. Cuando chav apareció por primera vez en el diccionario Collins de inglés, se definió como «joven de clase trabajadora que se viste con ropa deportiva e informal». Desde entonces su significado se ha ampliado de forma reveladora. Un mito urbano lo convierte en acrónimo de «violento que vive en casas municipales». Muchos lo emplean para mostrar su aversión a la gente de clase trabajadora que ha abrazado el consumismo solo para gastar su dinero de manera supuestamente basta y chabacana, en vez de con la discreta elegancia de la burguesía. Figuras procedentes de la clase trabajadora como David Beckham, Wayne Rooney o Cheryl Cole, por ejemplo, son parodiados habitualmente como chavs.

Ante todo, el término chav engloba actualmente cualquier rasgo negativo asociado a la gente de clase trabajadora —violencia, vagancia, embarazos en adolescentes, racismo, alcoholismo y demás—. Como escribió la periodista del Guardian Zoe Williams «chav puede haber atraído el interés popular por parecer que expresaba algo original —no solo escoria, amigos, sino escoria vestida de Burberry— pero ahora cubre una base tan amplia que se ha convertido en sinónimo de “proleta” o de cualquier palabra que signifique “pobre y por lo tanto despreciable”». Hasta Christopher Howse, eminente columnista del conservador Daily Telegraph, objetaba que «mucha gente usa chav como cortina de humo para encubrir su odio a las clases bajas… Llamar chavs a la gente no es mejor que cuando los chicos de colegios privados llaman “palurdos” a los de pueblo».

Los chavs a menudo son tratados como sinónimos de «clase trabajadora blanca». La temporada del 2008 de White (blancos) de la BBC, una serie de programas dedicados a la misma clase, fue un ejemplo clásico, al retratar a sus miembros como retrógrados, intolerantes y obsesionados con la raza. De hecho, mientras que la «clase trabajadora» se convirtió en un concepto tabú en el periodo posterior al thatcherismo, de la «clase blanca trabajadora» se hablaba cada vez más a comienzos del siglo XXI.

Porque «clase» había sido durante mucho tiempo una palabra prohibida en la vida política, y las únicas desigualdades debatidas por políticos y medios de comunicación eran las raciales. La clase blanca trabajadora se había convertido en otra minoría étnica marginada, y eso suponía que todas sus preocupaciones se entendían únicamente a través del prisma de la raza. Se empezó a presentar como una tribu perdida en el lado equivocado de la Historia, desorientada por el multiculturalismo y obsesionada con defender su identidad de los estragos de la inmigración en masa. El nacimiento de la idea de una «clase trabajadora blanca» fomentó un nuevo fanatismo progresista. Estaba bien odiar a los blancos de clase trabajadora porque ellos mismos eran un hatajo de racistas intolerantes.

Una justificación del término chav señala que «los propios chavs lo utilizan, así que, ¿cuál es el problema?». Tienen un argumento: algunos jóvenes de clase trabajadora han adoptado la palabra como un rasgo de identidad cultural. Pero el significado de una palabra a menudo depende de quién la emplee. En boca de un heterosexual, «marica» es clara y profundamente homofóbico; pero algunos gays se lo han apropiado orgullosamente como seña de identidad. De forma similar, aunque «paki» es uno de los términos racistas más insultantes que puede usar un blanco en Inglaterra, algunos jóvenes asiáticos lo emplean como un término cariñoso hacia los suyos. En 2010 una polémica en la que anduvo implicada la controvertida locutora derechista estadounidense Laura Schlessinger ilustró gráficamente esta cuestión. Tras emplear once veces la palabra «negrata» en antena durante una conversación con un oyente afroamericano, trató de defenderse con el argumento de que los cómicos y actores negros la utilizan.

En todos los casos, el significado de la palabra depende del hablante. En boca de alguien de clase media, chav se convierte en un término de puro desprecio de clase. Liam Cranley, hijo de un operario de fábrica que creció en una comunidad de clase trabajadora del área metropolitana de Manchester, me describe su reacción cuando alguien de clase media utiliza la palabra: 

«Estás hablando de mi familia: estás hablando de mi hermano, de mi madre, de mis amigos».

Este libro analizará cómo el odio a los chavs no es ni mucho menos un fenómeno aislado. En parte es producto de una sociedad con profundas desigualdades. «En mi opinión, uno de los efectos clave de una mayor desigualdad es avivar sentimientos de superioridad e inferioridad en la sociedad», dice Richard Wilkinson, coautor del pionero Desigualdad. Un análisis de la (in)felicidad colectiva, un libro que demuestra eficazmente el vínculo entre desigualdad y toda una gama de problemas sociales. Y, de hecho, la desigualdad es hoy mucho mayor que en casi toda nuestra historia. «Una desigualdad generalizada es algo extremadamente reciente para casi todo el mundo», sostiene el profesor de geografía humana y «experto en desigualdad» Danny Dorling.

Demonizar a los de abajo ha sido un medio conveniente de justificar una sociedad desigual a lo largo de los siglos. 

Después de todo, en abstracto parece irracional que por nacer en un sitio u otro unos asciendan mientras otros se quedan atrapados en el fondo. Pero ¿qué ocurre si uno está arriba porque se lo merece? ¿Y si los de abajo están ahí por falta de habilidad, talento o determinación?



Ricardo Mella. El cerebro y el brazo (1913)


¿Con que la función de pocero no es menos importante que la del sabio que investiga? Me parece que confundes lo importante con lo necesario. Lo importante es la función inteligente; lo necesario es el mecanismo que ejecuta.

Dije, con motivo de las idolatrías populares, en uno de los números de El Libertario, poco más o menos lo siguiente:

Soy de los primeros en reverenciar las cualidades sobresalientes de los hombres; soy de los primeros en rechazar toda preponderancia aunque venga revestida de los mejores métodos. Nadie sobre nadie. Si hubiera primeros y últimos entre los hombres, el último de los productores sería tanto como el primero de los genios. El saneamiento de una alcantarilla no es menos importante que la más genial de las creaciones artísticas. Y si descendemos un poco, vale mucho más el pocero que limpia las atarjeas que cuantos, desde las alturas del poder y de la gloria, embaucan a la humanidad con sus bellas mentiras.

Natura no distingue de sabios e ignorantes, de refinados y zafios. Todos, igualmente, animales que comen y defecan. El desarrollo intelectual y afectivo puede constituir una ventaja personal y derivar en provecho común, nunca fundar un privilegio sobre los demás.
Tales palabras dije sin sospechar que un camarada anarquista se creyera en el caso, de redargüirlas. Pareciéronme entonces puestas en razón; estoy ahora orgulloso de haberlas escrito.

Este buen amigo, que me escribe un buen fajo de cuartillas para señalar errores míos, piensa tal vez que la vida llegará a ser un efluvio mental purgado de las groserías de la carne, y en esta hipótesis, nada científica, pese a la mucha ciencia de que hace gala, no encuentra cosa que le parezca importante si no es la misma inteligencia. El pocero, el zapatero, el sastre, el albañil, etc., son, a lo sumo, mecanismos necesarios para que los otros —los sabios y los artistas— coman y se regodeen.

Antójaseme todo ello un resabio de educación, un prejuicio extraño en un anarquista y, todavía más, un exceso de reverencia para los productos del cerebro humano. Andamos tan saturados de idolatrismo, que no podemos asomamos a las puertas del saber y del arte sin quedarnos estáticos, humillarnos ante el genio y aun reconocernos nosotros mismos seres superiores apenas hemos logrado comprender cuatro quirománticas palabras explicativas de determinados fenómenos de la Naturaleza. Allí donde leemos la palabra ciencia, nuestra fe se prosterna ante el nuevo ídolo.

Mas si logramos transponer los umbrales del templo, si en nuestro anhelo de sabiduría conseguimos penetrar analíticamente la entraña de los más firmes conocimientos, ¡cómo se derrumban entonces nuestros ensueños, nuestros castillos de naipes! la fe flaqueará ante la hipocresía falsa, ante la solución provisional que no soluciona nada. Hay en la ciencia más convenios y más acomodamientos que verdades conquistadas. Acaso brota de mi pluma modestísima una herejía. ¡Perdón, entonces, oh manes que nada ignoráis!

Pero es lo cierto que la vida no se compone de sabidurías sino de necesidades y de satisfacción de necesidades. El trabajo es necesario y es importante, tan importante, que sin él pereceríamos. Sin sabios, no. La apreciación de los mecanismos necesarios es una vulgaridad de filisteo que no debe manchar los labios de los anarquistas. La distinción de brazo y cerebro es un comodín de la burguesía para mantener disimuladamente en servidumbre perpetua al que trabaja. No hay, de mi parte, confusión entre lo importante y lo necesario. Hay, si acaso, insuficiencia de expresión, porque la obra del pocero, del sastre, del mecánico, etcétera, es necesaria e importante al mismo tiempo. De la ruda labor del brazo vivimos todos, los ignorantes y los sabios. De la cómoda labor de éstos, vive el que puede. No llegan los frutos de su ciencia a la multitud ineducada y zafia; no llegan sus espléndidas luces al fondo del pozo minero, al antro industrial, a la covacha miserable del asalariado. Lo necesario y lo importante es producir y es consumir, esto es, vivir. Natura no distingue de sabios e ignorantes. Ante ella no hay más que animales que comen y defecan. ¡Qué burdo, qué antiartístico, qué falto de elevada ciencia metafísica es todo esto! ¿Verdad, mio caro?

No se crea que por ello desdeño el arte y la ciencia, que menosprecio el genio, que reniego de la inteligencia. Brazo y cerebro, no acierto a verlos escindidos. Donde se trabaja, se piensa. Diremos con Proudhon: el que trabaja filosofa. No hay funciones separadas, contradictorias, sino una sola función que se traduce en pensamiento y en hechos. La rutina quiere que veamos en algunos hombres seres privilegiados y hemos inventado el sabio como hemos inventado el hechicero, el augur y el sacerdote. El desdichado pocero es aun para este camarada anarquista nada más que el mecanismo necesario.

El sabio, si es sabio, y precisamente por serlo, no se piensa él mismo más importante que el pocero. ¡Somos nosotros los que nos empeñamos en ponerlo sobre un pedestal! Cuanto más nos adentramos en el laberinto de los conocimientos, más y mejor nos damos cuenta de nuestra insuficiencia. Se necesita del idolatrismo atávico. A veces el solo título de un libro nos sojuzga y no tardamos en rendir fervoroso culto a su autor. Idolátricos, idolátricos y nada más que idolátricos. Miramos a través de este prisma todas las cosas. ¿Cómo habríamos de considerar más importante la obra de millones de hombres que limpian atarjeas, deshollinan chimeneas, hacen zapatos, labran las piedras, perforan las montañas, que la de un núcleo de afortunados que a cambio de unas cuantas verdades nos han regalado todas las grandes mentiras que han labrado, labran y aún seguirán labrando por algún tiempo todos los infortunios humanos?

El hombre es su propia función y su propio mecanismo. ¿A título de qué habrán de ser unos brazo y otros cerebro?

Brazo y cerebro son partes de un todo armónico que llamamos hombre. En el reino de la Naturaleza todos los hombres son equivalentes, cualesquiera que sean las diferencias orgánicas que los distingan. De la desigualdad nace precisamente el principio de la igualdad social: que cada uno pueda, según sus aptitudes de desenvolvimiento, desenvolverse sin trabas ni cortapisas. Conceder mayor importancia al cerebro que al brazo es reconocer un privilegio como otro cualquiera. La anarquía los repudia todos.

Recuperado el 20 de agosto de 2016 desde kcl.edicionesanarquistas.net.
Publicado originalmente en Acción Libertaria, número 8, Madrid, 11 de julio de 1913. 
Edición digital de antorcha.net.
es.theanarchistlibrary.org


Las huellas de los dioses. Graham Hancock [Pdf & epub]




LA GRAN PIRÁMIDE

Hacía algún tiempo, había adquirido la costumbre de orientarme de acuerdo con los lados del monumento. La fachada septentrional estaba alineada, casi perfectamente, con el norte, la oriental con el este, la meridional con el sur y la occidental con el oeste. El promedio de error era tan sólo de tres minutos de arco (menos de dos minutos en la fachada meridional), una precisión increíble en el caso de un edificio de cualquier época, y una proeza inexplicable, casi sobrenatural, en el Egipto de hace cuatro mil quinientos años, cuando se supone que fue construida la Gran Pirámide. Un error de tres minutos de arco representa una desviación infinitesimal de un 0,015 % o menos. En opinión de unos ingenieros estructurales, con quienes había comentado los pormenores de la Gran Pirámide, la necesidad de tal precisión resultaba imposible de comprender. Desde su punto de vista, como constructores prácticos, los costes, el esfuerzo y el tiempo invertidos en lograr esa hazaña no quedaban justificados por los resultados aparentes: aunque la base del monumento presentara una desviación de dos o tres grados en sus alineaciones (un error de, por ejemplo, un uno por ciento), el ojo humano habría sido incapaz de apreciar esta minúscula diferencia. Por otro lado, la diferencia en la magnitud de las tareas requeridas a fin de alcanzar una precisión dentro del límite de tres minutos en lugar de tres grados habría sido inmensa.

Resultaba evidente, por tanto, que los antiguos maestros constructores que habían erigido la pirámide en los albores de la civilización humana debieron de tener poderosos motivos para desear que las alineaciones con las direcciones cardinales fueran correctas. Por otra parte, dado que habían alcanzado su objetivo con asombrosa precisión, debieron de ser unas gentes en extremo hábiles, inteligentes y competentes. Esta impresión quedaba confirmada por muchas de las características del monumento. Por ejemplo, sus lados a nivel de la base medían casi la misma longitud, demostrando un margen de error mucho menor de lo que se exige hoy día a los arquitectos modernos en la construcción de, pongamos por caso, un edificio de oficinas de tamaño medio. Pero esto no era un edificio de oficinas, era la Gran Pirámide de Egipto, una de las mayores estructuras construidas por el hombre y una de las más antiguas. Su lado norte mide 230,25 metros de anchura; su lado oeste mide 230,35 metros; su lado este mide 230,39 metros; su lado sur mide 230,45 metros. Esto significa que existe una diferencia de 20 centímetros entre su lado más corto y su lado más largo, lo que supone aproximadamente un uno por ciento en una longitud media de más de 23.036 centímetros en los lados del monumento.


De nuevo, yo sabía desde un punto de vista de ingeniería que las cifras desnudas no hacían justicia a la enorme precisión y destreza que se requerían para lograrlo. También sabía que los expertos no nos habían ofrecido todavía una explicación convincente sobre la forma en que los constructores de la pirámide habían conseguido mantener este elevado grado de precisión. Lo que me interesaba más, sin embargo, era el gran interrogante que planteaba otro tema: ¿Por qué se habían impuesto unos niveles tan altos de perfección? Si se hubieran permitido un margen de error de 0,5 % en lugar de menos de una décima parte de un uno por ciento, habrían podido simplificar su tarea sin una pérdida aparente de calidad. ¿Por qué no lo hicieron? ¿Por qué habían insistido en complicar las cosas? ¿Por qué, en suma, en un monumento de piedra «primitivo» que había sido construido hace más de cuatro mil quinientos años observábamos esta extraña obsesión por alcanzar unos niveles de precisión propios de la era de las máquinas?

Muy pocos edificios modernos, incluyendo las casas en las que habitamos, poseen unas esquinas formadas por unos perfectos ángulos rectos de noventa grados; lo corriente es un margen de error de uno o más grados. Desde el punto de vista estructural eso carece de importancia y nadie repara en estos errores minúsculos. En el caso de la Gran Pirámide, sin embargo, yo sabía que los maestros constructores habían descubierto el medio de reducir el margen de error hasta límites insignificantes. Así, aunque no llega a alcanzar los noventa grados perfectos, la esquina suroriental mide 89° 56' 27?, lo cual representa una precisión notable. La esquina nororiental mide 90° 3' 2?; la suroccidental 90° 0' 33?, y la noroccidental mide 89° 59' 58?, una desviación de dos segundos de grado.

Se trata, a todas luces, de una proeza extraordinaria, y, como todo lo que se refiere a la Gran Pirámide, resultaba extremadamente difícil de explicar. Estas técnicas de construcción tan precisas —tanto como puedan serlo hoy en día— sólo pudieron alcanzarse después de miles de años de desarrollo y experimentación. Sin embargo, no existen pruebas de que se hubiera producido un proceso de estas características en Egipto. La Gran Pirámide y sus vecinas en Gizeh habían surgido de un agujero negro en la historia de la arquitectura, tan profundo y ancho que ni su fondo ni su extremo opuesto habían sido identificados.


¿Ha trepado usted alguna vez por una pirámide, de noche, temiendo que lo arresten, con los nervios a flor de piel? Es una cosa sorprendentemente difícil de conseguir, sobre todo si se trata de la Gran Pirámide. Aunque su cima de casi 9,5 metros ya no está intacta, la actual plataforma que la corona todavía se alza a más de 137 metros del suelo. Consiste en doscientas tres hiladas de mampostería, cada una con una altura media de unos 68 centímetros. Los promedios no lo dicen todo, como comprendí en cuanto empezamos a escalar. Las hiladas tenían una profundidad desigual, algunas apenas llegaban al nivel de las rodillas mientras que otras casi me alcanzaban el pecho y representaban unos obstáculos tremendos. Al mismo tiempo los salientes horizontales entre cada peldaño eran muy estrechos, con frecuencia poco más anchos que mi pie, y muchos de los bloques de piedra caliza, que desde el suelo parecían muy sólidos, estaban partidos y se desmoronaban. Tras haber trepado por unas treinta hiladas de piedras, Santha y yo nos dimos cuenta del lío en el que nos habíamos metido. Nos dolían todos los músculos del cuerpo y teníamos las rodillas y los dedos tumefactos y llenos de rasguños, pero apenas habíamos avanzado una séptima parte del camino hasta la cima y todavía quedaban ciento setenta hiladas. Otra cosa que nos preocupaba era el vertiginoso vacío que se abría a nuestros pies. Al mirar hacia abajo y observar los quebrantados contornos que marcaban la línea del ángulo suroccidental, me impresionó comprobar lo mucho que habíamos avanzado y experimenté la inquietante sensación de lo fácil que sería que nos cayéramos, girando y rebotando en los enormes bloques de piedra, para acabar estrellándonos abajo. Alí permitió que hiciéramos una pausa de unos minutos para recuperar el resuello, pero enseguida nos indicó que debíamos proseguir la escalada. Utilizando el ángulo a modo de guía, Alí se adentró rápidamente en la oscuridad que se cernía sobre nosotros. No sin cierta aprensión, Santha y yo lo seguimos.


La trigesimoquinta hilada de piedras resultó muy difícil de salvar, pues estaba compuesta por unos gigantescos bloques, mucho más grandes que los anteriores (excepto los que hay en la base), cada uno de los cuales pesaba entre diez y quince toneladas. Esto contradecía la lógica de la ingeniería y el sentido común, que exigían una disminución progresiva en el tamaño y el peso de las piedras que debían ser transportadas hasta la cima a medida que la pirámide se alzaba hacia el cielo. Las hiladas comprendidas entre la primera y la dieciocho, las cuales disminuían de una altura de unos 140 centímetros a nivel del suelo a poco más de 58 centímetros en la hilada diecisiete, sí obedecían a esta regla. De pronto, al alcanzar la hilada diecinueve, los bloques se agrandaban de nuevo, midiendo casi 92 centímetros. Al mismo tiempo las otras dimensiones de los bloques también habían aumentado y su peso, de dos a seis toneladas durante las primeras dieciocho hiladas, lo cual suponía un volumen relativamente manejable, se había incrementado hasta alcanzar entre las diez y quince toneladas. Se trataba, por tanto, de unos enormes monolitos que habían sido tallados en piedra caliza e izados a más de 30 metros del suelo antes de colocarlos de forma impecable en su lugar. Pensé que los constructores de la pirámide debían de tener unos nervios de acero, la agilidad de una cabra montesa, la fuerza de un león y la seguridad de unos reparadores de campanarios perfectamente adiestrados. Mientras el frío viento matutino me azotaba las orejas y amenazaba con arrojarme al vacío, traté de imaginar la sensación que debían de experimentar esos hombres, subidos a esta peligrosa altura, alzando, manipulando e instalando una interminable hilera de inmensos monolitos de piedra caliza, el menor de los cuales tenía un peso que equivalía al de dos automóviles familiares modernos.


Es evidente que los constructores habían verificado la precisión del proyecto, y lo habían llevado a cabo perfectamente, pues la cúspide de la pirámide se alza exactamente sobre el centro de la base, sus ángulos y sus esquinas estaban centrados, cada bloque estaba instalado en su correspondiente lugar y cada hilada había sido dispuesta con una simetría casi matemática y una alineación casi perfecta con los puntos cardinales. Entonces, como para demostrar que estas impresionantes técnicas eran unas minucias, los antiguos maestros constructores se habían dedicado a desarrollar unos hábiles juegos matemáticos con las dimensiones del monumento, presentándonos, por ejemplo, tal como hemos visto en el capítulo 23, el uso correcto del número trascendental pi en la relación entre su altura y su perímetro de base. Asimismo, por alguna razón, habían decidido situar la Gran Pirámide casi exactamente sobre el paralelo 30 en la latitud 29° 58' 51?. Esto, tal como observó un antiguo astrónomo escocés, constituía «una sensible desviación de los 30o», pero no necesariamente por error:

Pues si el arquitecto hubiera pretendido que los hombres vieran con sus sentidos en lugar de con su imaginación, el polo del cielo desde los pies de la Gran Pirámide, con una altura ante ellos de 30°, habría tenido que contar con la refracción de la atmósfera, lo cual habría obligado a situar el edificio no a 30°, sino a 29° 58' 22?.




Skagboys. Irvine Welsh [epub]



Edimburgo, inicios de la década de los ochenta. Margaret Thatcher aplica sus recetas de dama de hierro en Gran Bretaña y estallan las huelgas mineras, el paro crece a un ritmo enloquecido y la gente se pregunta qué demonios le está pasando al país. Y por si la situación no fuese ya suficientemente complicada para las cada vez más empobrecidas clases trabajadoras urbanas, la heroína y el sida empiezan a circular masiva y descontroladamente por las calles.

Y allí están Renton, Spud Murphy, Sick Boy, Begbie…, los personajes de Trainspotting, unos años antes de convertirse en los protagonistas de esa novela que supuso el deslumbrante debut literario de Irvine Welsh. En esta precuela igualmente arrolladora y feroz, pero más cargada de conciencia política y crítica social, el autor pinta un fresco demoledor de un país conducido al desastre por las salvajes políticas neoliberales y de una generación devastada por la heroína.


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